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  Asesinato en la 3ª planta  (Le crime du 3e étage)
  Dirigida por Rémi Bezançon
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Película de Clausura en el Festival de Rotterdam y en el BCN Film Fest. Gilles Lellouche (“Pequeñas mentiras sin importancia”), Laetitia Casta (“El fraude”) y Guillaume Gallienne (“Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!”) protagonizan este divertido e irreverente homenaje al cine de Hitchcock. Un film escrito y dirigido por Rémi Bezançon, responsable de éxitos como “La biblioteca de los libros rechazados” y “El primer día del resto de tu vida”.


Entrevista a Rémi Bezançon
P: La película se presenta como una comedia de triple fondo: una historia de investigación, de reconquista conyugal y a la vez un homenaje al cine. ¿Cómo conseguiste equilibrar todos esos elementos?

R: Efectivamente, más allá de la intriga y de la relación sentimental, AESINATO EN LA 3A PLANTA es también una declaración de amor al cine. Está llena de referencias divertidas a directores que admiro, pequeños guiños que harán sonreír a los espectadores cinéfilos. También hay alusiones a mis propios trabajos, que siempre he imaginado como un gran juego de pistas.

La mayor dificultad fue dosificar el humor, el suspense y la comedia romántica sin privilegiar un género sobre otro y encontrando las transiciones adecuadas. Me siento muy cómodo en la tragicomedia: me gusta desactivar el drama con humor, pasar del frío al calor, y aquí se sumaba además el reto de integrar una dosis de suspense “a lo Hitchcock”. Hitchcock está muy presente en la película.

P: ¿Por qué decidiste conectar tu historia con La ventana indiscreta?

R: Bresson consideraba que montar una película es seguir las miradas; es el principio articulador, el punto de vista. Y justamente Hitchcock lleva esa idea a su paroxismo en La ventana indiscreta cuando decide no mover nunca la cámara fuera del apartamento de Jeff (James Stewart), un hombre convaleciente e inmovilizado en una silla de ruedas. Es el articulador último. Y toda la película estará, por tanto, contada desde su punto de vista. En términos de miradas, La ventana indiscreta se ha convertido en una referencia, y yo también quería jugar con ese principio fundamental del cine. La película está llena de referencias a Hitchcock, algunas son bastante evidentes, pero hay otras… Y qué satisfacción la de desviar la secuencia célebre de la escena de la ducha invirtiendo los papeles.

P: La cuestión del deseo es muy importante en Hitchcock y también es central en ASESINATO EN LA 3A PLANTA.

R: Aquí, la investigación es un pretexto, aquí el tema central es: ¿Colette y François volverán a encontrarse? Esa reconquista amorosa es el hilo rojo de la película. Si al final François decide seguir a Colette en su investigación rocambolesca, es sobre todo para que ella vuelva a mirarlo.

P: Vuelve a trabajar con Gilles Lellouche veinte años después de Un amor de altura, y dirige por primera vez a Laetitia Casta y Guillaume Gallienne. Da la impresión de que los tres se divierten y muestran cierta auto ironía…

R: Me emocionaba reencontrarme con Gilles, por quien sentí un auténtico flechazo en la época de Un amor de altura. Y sobre todo en una comedia, un género que le gusta pero que ha dejado un poco de lado en los últimos años para interpretar papeles más dramáticos. François puede hacer pensar en Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo de De Broca, y sabía que Gilles sabría hacerlo entrañable, abordándolo con ternura y sin ironía. Gilles es un actor formidable, capaz de hacer muchas propuestas en un impulso de juego muy generoso.

En cuanto a Laetitia Casta, recordaba que compartía una escena muy divertida con Gilles en la serie La Flame de Jonathan Cohen. Al volver a ver esa escena, me sedujo su potencial cómico, pero también la pareja original que formaban los dos en esa serie. A Laetitia, enseguida quise dirigirla como a una heroína de una película de Rappeneau. Pensaba en Deneuve en Le Sauvage o en Isabelle Adjani en Tout Feu, Tout Flamme, mujeres modernas y dinámicas.

Guillaume Gallienne, por su parte, supo apropiarse del papel del malo (Yann Kerbec) con su gestualidad de animal depredador, su ritmo lento y su voz de ultratumba. Para interpretar una parte de Hamlet en acelerado hacía falta un actor de teatro experimentado. Para mí, Guillaume era la persona adecuada. Y además la idea de encarnar a un mal actor/director de teatro le divertía muchísimo.

P: ¿Cómo abordaron el hecho de que los tres interpreten dos personajes?

R: Esa era una de las dificultades de la película. Como en Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo, el personaje de François hace intervenir a las personas de su entorno en las historias que escribe. A Laetitia, Gilles y Guillaume les gustó vestirse, llevar trajes de época, cambiarse el color de pelo en el caso de Laetitia o jugar con postizos en el caso de Gilles. Por supuesto, François es más flamígero en su imaginación que en su vida real, en la que pasa la mayor parte del tiempo en pijama y bata.

P: También juega con la porosidad entre lo real y la ficción, y con la idea de que la ficción influye en nuestras vidas…

R: François está anclado en la realidad, aunque tiene la mente ocupada creando ficción; Colette, en cambio, vive excesivamente en el universo angustiante de Hitchcock, al que enseña en la Sorbona, hasta el punto de referirse a él incluso en momentos críticos. Al final, lo que salva su pareja es la ficción…

P: ¿Cómo pensó los decorados, esos dos apartamentos con atmósferas contrastadas que se miran de frente y esa escena de teatro desvaída en la que se representa Hamlet?

R: Habría sido complicado rodar las escenas de los apartamentos en decorado natural, por lo que finalmente decidimos construir en estudio los apartamentos de Colette y François, y los de Nathalie y Yann Kerbec.

Con Maamar Ech-Cheikh, el jefe de decorado con el que he trabajado en casi todas mis películas, creamos dos ambientes: un espacio vivo y cálido, donde se percibe el amor por la cultura, en casa de Colette y François, y un segundo más oscuro y frío, donde se revela el carácter rígido y obsesivo de Yann. Para las escenas de teatro, como la obra que se representaba era Hamlet, imaginé como único decorado una enorme calavera con espadas clavadas en ella, que a Maamar se le ocurrió enmarcar dentro de un cubo retroiluminado. Con Marie-Laure Lasson, la figurinista (que también me acompaña desde mi primer filme), también nos divertimos con las referencias cinematográficas, especialmente en la creación de los trajes de los personajes que interpretan Hamlet, por ejemplo.

P: ¿Cómo trabajó la luz con el director de fotografía Pierre Cottereau?

R: Es la primera vez que trabajaba con él. Me gusta su manera de encuadrar, con un sistema para estabilizar la imagen. Eso aporta ligereza y vivacidad. En cuanto a la luz, quería alternar los tonos cálidos y fríos y jugar con los monocromos.

P: ¿Cuáles eran sus decisiones de puesta en escena? ¿Y cómo realizó esa bella secuencia onírica en blanco y negro?

R: Para La biblioteca de los libros rechazados, que ya era una investigación, tenía ganas de jugar con los códigos del cine de género, pero enseguida me di cuenta de que eso no era compatible con la legendaria impaciencia de Fabrice Luchini, que prefería que rodáramos cada escena en su longitud completa.

Con ASESINATO EN LA 3A PLANTA realmente pude divertirme con los códigos del thriller tan queridos por Hitchcock. Darlos la vuelta, pero sin caricaturizarlos. Tengo demasiado respeto por las películas de género como para burlarme de ellas. La secuencia de la entrevista con Hitchcock en blanco y negro fue a la vez lúdica y compleja de rodar. No quería que Hitchcock apareciera de forma frontal, así que lo fui introduciendo poco a poco, jugando con el magnetófono, su puro y la mirada admirativa de Colette, cuyo sueño de toda la vida es entrevistar al Maestro del suspense.

P: ¿Y la música?

R: He vuelto a trabajar con Laurent Perez Del Mar, que ya había compuesto la música de Zarafa, La biblioteca de los libros rechazados y Mi obra maetra. Había que inspirarse en los temas de Bernard Herrmann sin caer ni en la copia exacta ni en la parodia. Laurent firmó una banda sonora de aire clásico, muy sutil, a la vez dentro del thriller y de la comedia.

P: Para terminar, ¿cuál es su definición de MacGuffin?

R: ¿MacGuffin? Yo sigo sin entender qué es.


Entrevista a Laetitia Casta
P: ¿Cómo percibe el universo de Rémi Bezançon y qué sintió al leer su guion?

R: Rémi tiene una forma siempre tierna de abordar sus temas, ya sean graves o más ligeros, y yo soy muy sensible a esa ternura. Leí su guion de una sentada y me dejé llevar por completo por su historia y sus personajes. Todas esas referencias a a Hitchcock, entre otras, me dieron ganas de volver a ver películas. Me gustaron mucho esas distintas capas de lectura: tanto esa investigación rocambolesca, esos vaivenes entre lo real y la ficción, como ese homenaje al cine que atraviesa el relato de principio a fin.

P: ¿Abordó a Colette como una heroína?

R: Colette está llena de vida. Es una mujer apasionada, efervescente, curiosa y obsesiva, algo que asume. Me gustó interpretar su dulce locura. Y, sobre todo, está reconquistando su pareja y sabe perfectamente lo que hace. Para mí, al leer el guion, estaba claro: Colette es consciente de los resortes conyugales de esta investigación. Está pasando por un mal momento, su pareja hace aguas, y necesita actuar. Es un poco el intento de la última oportunidad: si su compañero entra en el juego, ellos dos tendrán un buen futuro por delante.

P: Colette también mantiene una relación estrecha con la ficción, con el cine de Alfred Hitchcock que enseña, en particular. Parece caminar por una cuerda floja entre lo real y lo imaginario, guiada por un instinto muy fuerte…

R: Esa es su manera de contarse una historia seductora, puesto que su día a día ya no le conviene. Se convierte en el sujeto de su propia película. Es su forma de lidiar con la existencia para no sufrir demasiado. Apasionada por las heroínas de Hitchcock y por el propio Hitchcock, incluso se imagina encontrándose con él y oyéndolo interrogarla sobre su pareja. ¡Eso dice hasta qué punto está obsesionada con esta cuestión! Lo real y la ficción se entremezclan en ella y se alimentan mutuamente para ayudarla a encontrar una solución y salir de su atolladero conyugal. Va a fijarse en su vecino, que, él sí, ve claro cuando le pregunta si lo espía por no ser mirada por quien comparte su vida… Ahí está el MacGuffin de esta historia: ¡esta investigación es un pretexto para que el deseo vuelva a renacer en su pareja!

Esta lectura me llevó a hacer un pequeño cambio en mi interpretación. Colette está invadida por una frenesí, un ritmo, que le pertenece. Sigue su propia energía, su audacia y su espontaneidad. Entra poco a poco en una ficción hasta fundirse con el universo de Hitchcock.

P: Como actriz y ex modelo, ha sido muy observada. ¿Interpretar a una mujer que observa todo con tanta intensidad exige jugar un poco con su propia iconografía?

R: Por supuesto. Era muy consciente de ello. Por eso quería diferenciar bien a Rebecca de Colette. Que Colette sea rubia, como una heroína hitchcockiana, es una manera de jugar con los fantasmas cinematográficos. Eso también me permitió entrar en el personaje y en el relato, que se desliza progresivamente hacia un universo hitchcockiano.

Tenía ganas de lanzarme de lleno al fantasma, lo cual implicaba, efectivamente, una parte de autoironía. Y además, es también una forma de rendir homenaje al cine, algo que Rémi hace con inteligencia.

La otra inspiración para Colette fue Annie Hall, con ese lado saltarín y enérgico. En cuanto a Rebecca, quería que llevara pantalones —estaba permitido en esa época para las mujeres que montaban en bicicleta y a caballo— y una chaqueta roja. Me gustó mucho construir estos personajes jugando con distintas referencias e ir pasando de una a otra. Rebecca y Colette me hicieron bien. Su energía me nutrió; interpretarlas fue muy gratificante.

P: ¿Cómo le dirigió Rémi Bezançon?

R: Rémi ha sido muy acogedor, entusiasta y generoso. En el rodaje, nos dejó mucha libertad y tuvo con cada uno una mirada dulce. Está presente en el mismo, pero también nos deja mucho espacio.

P: ¿Cómo trabajó con sus compañeros de reparto?

R: Gilles Lellouche, Guillaume Gallienne y yo somos muy diferentes. A diferencia de ellos, yo no he pasado por una escuela de arte dramático. Guillaume siguió una trayectoria muy prestigiosa hasta la Comédie‑Française, es un actor excelente, y Gilles es efervescente, virtuoso y capaz de arrastrar a todo el mundo con su impulso. Yo, que siempre estoy en búsqueda, me gustó dejarme sorprender por ellos y, dado que había mucha escucha entre nosotros, tuve la sensación de que encajábamos bien. Nos divertimos mucho interpretando juntos los tres.

P: Además, no se le ha visto demasiado en el terreno de la comedia…

R: Salvo en Le grand apartament de Pascal Thomas, en efecto, no se me ha encuadrado mucho en este registro, y sin embargo, me encanta. Gilles y Guillaume están más acostumbrados que yo y me gustó mucho compartir esta tonalidad con ellos. Me divertí mucho atreviéndome a la exteriorización. Yo, que soy muy enérgica en la vida, tenía muchas ganas de un papel luminoso y pícaro como Colette.

P: ¿Hubo alguna secuencia que resultara especialmente interesante a la hora de rodar?

R: Tenía muchas ganas de la escena en la que Colette y François invitan a su vecino y le envían mensajes subliminales. También la escena en la que François regresa de su incursión en el apartamento de Yann Kerbec y cuenta a Colette lo que ha visto.

En cuanto a las secuencias con los trajes de época, donde interpreto a Rebecca, me divertí mucho. En conjunto, hay una dinámica casi angloamericana en esta película que me gustó adoptar.

P: ¿Cómo entiende el concepto de MacGuffin?

R: Durante todo el rodaje nos hicimos esta pregunta y nadie sabía definirlo. Me gusta mucho la forma pedagógica con la que Rémi trata de explicarlo en la película. El MacGuffin es un pretexto que oculta una evidencia colocada delante de nuestros ojos. Cada uno tiene su propia temporalidad respecto a él y entiende —o no— hacia dónde nos conduce…


Entrevista a Gilles Lellouche
P: Reencuentro con Rémi…

R: Rémi fue el primero en confiar en mí al proponerme, hace veinte años, un papel importante junto a Marion Cotillard y Vincent Elbaz en Un amor de altura. Esta película es, por tanto, fundamental para mí y me valió una nominación a los premios César. Me emocionó mucho volver a encontrarme con Rémi después de tanto tiempo.

P: ¿Qué aprecia en su cine y qué sensación le produjo la lectura de su guion?

R: Tuve la impresión de volver a encontrar el cine de sus inicios, a la vez cómico, sentimental y profundo. Rémi tiene un gusto por el diálogo y me sedujeron los de esta película. Asesinato en la 3ª planta es también una gran declaración de amor al cine y a quienes lo aman. Me pareció un proyecto muy lúdico. A través de la resolución de un crimen imaginario o no —lo descubriremos—, muestra una pareja cuyo corazón volverá a latir. Me conmovió mucho la forma en que hace renacer la pasión entre Colette y François gracias a esa investigación rocambolesca y a ese homenaje al cine.

P: ¿Cómo percibe a François, ese escritor cuya imaginación está paralizada y que termina siguiendo las intuiciones de su mujer? ¿Es un primo de Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo de Philippe Broca?

R: Lo percibo como percibo la edad de los cincuenta: te sientes un poco atrapado entre el cinismo y la pereza, y, al mismo tiempo, basta con muy poco para volver a ilusionarse, vibrar y vivir plenamente. François, en el fondo, no esperaba otra cosa. Hace como si tuviera reservas cuando Colette trata de arrastrarlo en su impulso, pero al final se lanza. En cuanto al guiño a Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo, me encanta, porque es una película que adoro.

P: ¿Qué significa para usted el cine de Hitchcock y, en particular, La ventana indiscreta?

R: Me gusta mucho cuando el cine se mira a sí mismo y juega con las referencias, siempre me parece muy lúdico. Aquí se piensa tanto en Hitchcock, que adoro, como en Celebrity de Woody Allen o en Body Double de Brian De Palma, todas esas películas que introducen lo extraordinario en un mundo ordinario de manera muy plausible y juegan con la curiosidad y el voyeurismo. Lo que me parece formidable en la película de Rémi es la manera en que mezcla el humor con su investigación paranoica. Según el relato avanza, François, que al principio va con el freno puesto, gana en vivacidad.

P: ¿Cómo abordó físicamente su personaje, incluido su doble de ficción?

R: François lleva puesto el pijama todo el día, lleva una vida sedentaria, no hace deporte y está un poco “entrado en carnes”. Así que decidí llegar al rodaje habiendo ganado unos cinco kilos y luego ir perdiéndolos a medida que íbamos grabando.

Quería que el dinamismo y la alegría de François volvieran al mismo tiempo que su silueta. En cuanto a las escenas de ficción imaginadas por François, me divertí sobre todo con los trajes. En general, este rodaje fue muy agradable, ligero y alegre.

P: ¿Cómo le dirigió Rémi?

R: Rémi es la encarnación de la calma. Vibra por el cine, ama a sus actores, les tiene confianza y les deja libres de proponer cosas. En comedia, se necesita sentirse efervescente. Cuando se entiende el proyecto y el personaje, hay que ser como una pelota de goma capaz de rebotar en cualquier momento, todo tiene que estar vivo. Rémi hizo posible esa sensación. Actuar bajo su dirección fue más que agradable, fue exquisito.

P: ¿Cómo trabajó con sus compañeros de reparto, Laetitia Casta, con quien se reencuentra tras La Flamme, y Guillaume Gallienne, a quien usted dirigió en Narco?

R: Laetitia y yo habíamos rodado la secuencia de La Flamme en un solo día. Así que apenas nos conocíamos al llegar al rodaje de Rémi. Hacer creíble a una pareja que lleva veinte años viviendo junta era un reto para ambos, y me parece que lo conseguimos.

Somos muy diferentes: Laetitia es metódica y reflexiva, mientras que yo soy instintivo y poco reflexivo. Pero nos llevamos muy bien y resultamos muy complementarios en el trabajo.

Guillaume y yo, en cambio, nos conocemos desde hace mucho tiempo: estudiamos juntos en el Cours Florent, él actuó en mi primer largometraje, Narco, así que somos viejos compañeros unidos por una historia común.

Siempre me ha impresionado su madurez interpretativa, su inteligencia del texto, del fraseo, del cuerpo. En aquella época me parecía que iba por delante de todos nosotros, y desde entonces no ha dejado de sorprenderme, especialmente con su película Guillaume y los chicos, a la mesa, una maravilla de audacia y humor. En ASESINATO EN LA 3A PLANTA, interpreta a un villano increíble.

P: ¿Alguna escena especialmente divertida de rodar?

R: Me gustó mucho rodar las escenas de esgrima; esa teatralidad exagerada me encantaba. Sobre todo, me di cuenta de cuánto echaba de menos la comedia. Hacía tiempo que no rodaba una, y es realmente muy divertido.
Disfruté tanto de las escenas de intimidad en el apartamento como de las del restaurante o del teatro. Me encantó hacer de detective, con una luz azul en la mano, jugando con el miedo y el pánico. Había una especie de excitación adolescente, que compartíamos Laetitia y yo.

Creo que la película tiene el mérito de ser extremadamente fresca y alegre. No es tan frecuente en el cine, y sienta de maravilla.

P: ¿Cómo entiende el concepto de MacGuffin?

R: ¡Todavía no lo he entendido! Imagino que debe de ser la última muñeca dentro de las muñecas rusas, ¿no?


Entrevista a Guillaume Galienne
P: ¿Qué reacciones le afloran cuando lee el guion de Rémi Bezançon?

P: Lo leí de un tirón y me pareció muy bien escrito. Cuando vi la película terminada, me conmovió la ternura que la atraviesa, como ocurre en todo el cine de Rémi, que sabe hacer que sus personajes resulten muy entrañables.También me gusta el humor del dúo que forman Colette y François, esa parte de infancia que aportan ambos. Rémi toma prestados los códigos de Hitchcock y juega con ellos. Eso también es lo que me gustó: interpretar a un villano en un universo en el que nadie se toma demasiado en serio. Es, por tanto, puro juego para un actor, más aún porque Rémi nos animaba a disfrutar y, salvo indicaciones de colocación y de tempo, nos dejaba bastante libres.

P: ¿Es interesante para un actor que pertenece a una institución como la Comédie-Française interpretar a un actor poco inspirado en escena?

R: Nos divertimos mucho con ese decorado teatral subvencionado, un poco trash, que roza lo kubrickiano llevándolo al extremo, mientras yo interpretaba a ese mal actor que cree poder hacer de Lars Eidinger en una puesta en escena que imita a Thomas Ostermeier.

En vestuario también optamos por prendas que buscan una línea estilizada, pero no del todo, porque eso es precisamente Yann Kerbec: un hombre venal y narcisista, convencido de su propia presencia. El hecho de que sea narcisista, de hecho, lo convierte en un mal actor.

En general, me parece que la dirección artística de esta película es formidable: los decorados, el vestuario, el maquillaje y los peinados —el moño hitchcockiano de Colette, por ejemplo, está muy logrado—. Es una película de gran factura, muy agradable de ver.

P: Se le ve de nuevo interpretando algunas escenas en lengua de signos, y también hablando chino…

R: Es curioso, porque ya hacía lengua de signos en Ensemble, nous allons vivre une très, très grande histoire d'amour…, de Pascal Thomas, y en La jungle, de Matthieu Delaporte. Practicar la lengua de signos me pareció menos difícil e instintivo de lo que creía. En cuanto al chino, fue más complicado, porque es una lengua tonal y los coachs y las personas que hablaban chino a mi alrededor me daban indicaciones contradictorias.

P: ¿En qué se basa el placer de interpretar al “villano” de una historia?

R: Es interesante, porque el motor del personaje ya está dado. Cuando lo conocemos, Yann Kerbec ya es lo que es, con todas sus neurosis profundas, y no va a evolucionar demasiado.

Lo que me divirtió es que pasé el tiempo rompiendo los ritmos al interpretarlo. Lo hice de forma instintiva, dejando que las escenas me llevaran por un camino distinto al de Colette y François. Como ellos se comportan de forma extraña y descolocan a Yann, Yann los descoloca a su vez.

Está en urgencia constante y se ve obligado a negociar rápido. En sus intercambios con Colette y François está en alerta, observándolos y hablándoles al mismo tiempo, seductor y desconfiado. De ahí esas variaciones de ritmo con las que construí el personaje.

P: Yann Kerbec se mueve entre la sombra y la luz, tanto en el teatro como en su casa. ¿Ha jugado también con el fuera de campo del filme, como con la idea de que Yann pueda leer el inconsciente de la pareja Colette‑François?

R: Yann es clarividente y les sirve de espejo y de revelador, ¡por supuesto!. Eso también fue muy divertido de interpretar. Y sentía que Laetitia, que es muy inteligente, reaccionaba plenamente a esas escenas en las que Yann confronta a Colette sobre su relación. Pero Rémi es tan poco complaciente que todo eso sigue siendo, en el fondo, lúdico.

P: ¿Cómo se entendió con sus compañeros de reparto?

P: Laetitia Casta es sorprendente: es a la vez una chica joven y una gran dama, y nos entendimos desde el primer momento.

Gilles Lellouche y yo nos conocemos desde el Cours Florent y realmente nos reencontramos en Narco, su primera película. Gilles es irresistible y muy cercano. En este filme, me parece que aporta algo entrañable, infantil y muy divertido. Su forma de hacerse el tonto es deliciosa.

Los tres trabajamos con confianza y no tuvimos más que dejarnos llevar unos con otros.

P: ¿Cómo entiende el concepto de MacGuffin?

R: Es una urgencia, un objetivo que en realidad no lo es; una pista que parece importante pero no lo es; un desvío que oculta lo esencial. En esta película, lo esencial es que la pareja recupere la chispa. Yann Kerbec no es más que un pretexto para que vuelvan a enamorarse: el MacGuffin… soy yo.