La historia transcurre en los años 30 en un pequeño pueblo del Pirineo.
La vida del joven Anjé dió un giro fenomenal el día que Don Fernando Salazar, el hijo más ilustre de la villa, decidió volver a su pueblo natal. Don Fernando venía precedido por su fama como inventor e insigne profesor en las principales universidades europeas. La llegada del profesor, enviudado recientemente, y de su hija Marie fue el acontecimiento de aquel verano. Los conocimientos de toda su vida sirvieron para diseñar la primera central eléctrica de tamaño reducido de todo el país. Una mini-central con su turbina para abastecer de energía al pequeño pueblo y poner en marcha un ambicioso proyecto.
La idea revolucionó a todos los vecinos excepto al abuelo de Anjé, un anciano carbonero acostumbrado a vivir en equilibrio con la naturaleza. Don Fernando y el abuelo tuvieron sus más y sus menos. El primero aportando sus extensos conocimientos a favor de un progreso un tanto oscuro y el segundo defendiendo su status de ilustrado en tradición y lo que parecía una burda discusión de taberna terminó encendiendo odios. Como era de esperar el pueblo se puso de parte del ilustre y manos a la obra comenzaron la construcción del salto de agua. Así pasó el verano, el otoño... hasta que llegó el invierno. Para Anjé este invierno se diferenciaba bien poco del anterior. La nieve en las cumbres, el cuidado del ganado, las carboneras con su abuelo... lo verdaderamente nuevo era ese cúmulo de sensaciones extrañas que sentía cuando en clase se sentaba junto a Marie, la hija de don Fernando. Las clases servían al menos para hacerle olvidar la loca dinámica en que se vio envuelto: su abuelo estaba dispuesto a competir con su carbón contra la central eléctrica... la disputa no tuvo color. Sin embargo una serie de acontecimientos complicaron su existencia y el bueno de Anjé se vio trabajando para ambos litigantes hasta que la muerte de su abuelo le llevó a continuar con la tradición familiar.
Y llegaron las Navidades, las de ese año un tanto especiales con electricidad en todo el pueblo. Anjé fue el único de la clase que no pudo cantar villancicos. Había jurado terminar la carbonera que inició su abuelo y allí estaba empeñado en sacar su primera "cosecha" de carbón. Pero hacer carbón resulta complicado y en vísperas de la nochebuena no tuvo mejor idea que pedir un gran saco de carbón al Olentzero del bosque. La procedencia de aquel carbón la ocultó a todo el mundo, bastante tenía con mostrar el carbón extraído de su carbonera. Anjé debió de haberse mordido la lengua.
Súbitamente el viento roló a norte y lo que era un precioso día de invierno fue transformándose en desapacible. El frío se apoderó de la noche y en las casas, las flamantes estufas y braseros eléctricos se pusieron al rojo... así un día tras otro hasta que una noche el río se congeló y la central de don Fernando dejó de funcionar. En ese momento todos echaron mano del siempre seguro recurso de la leña pero ese año la leña cortada fue más bien poca. En el pueblo la situación comenzó a ser crítica. Anjé aún con medio saco de carbón era quien se encontraba en situación más ventajosa así que el alcalde y don Fernando se acercaron hasta la casa de Anjé para pedirle en nombre de todo el pueblo que hiciese una carbonera que salvase la situación. Si el joven había sido capaz de conseguir una buena producción de carbón la esperanza no estaba perdida.
Anjé no supo como explicarles que el carbón que ardía en su chimenea no lo había sacado de su pequeña txondorra sino que había sido el regalo de Olentzero pero tuvo pánico en defraudar a todos y terminó aceptando el reto.
Comenzó montando una gran carbonera en un lugar alejado de las miradas. Allí trabajó apilando maderas todo el día y la noche confiando en un golpe de suerte pero la realidad era demasiado cruda y su intento estaba condenado al fracaso. Tendría que tragarse su orgullo y contar a todo el pueblo que nunca sacó carbón de su txondorra, el gran saco había sido un regalo del Olentzero... el día que la comitiva municipal se acercó hasta la casa de Anjé la sorpresa fue enorme. La gran carbonera dio para todos. Kilos y kilos de carbón calentaron las casas de todo el pueblo hasta que por fin pasó la gran tormenta de nieve. El Olentzero acudió en su ayuda y la leyenda cuenta que desde entonces Anjé no tuvo más regalos por Navidad y que desde entonces él es el ayudante del Olentzero, quien se encarga de repartir en los hogares a donde el carbonero del bosque no alcanza.