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Maigret y la muerte del embajador cartel reducidoMaigret y la muerte del embajador(Maigret et le mort amoureux)
Dirigida por Pascal Bonitzer
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Sobre la película
MAIGRET Y LA MUERTE DEL EMBAJADOR, dirigida por Pascal Bonitzer.

El icónico comisario Jules Maigret vuelve a la gran pantalla en una nueva adaptación del personaje ficticio francés creado por Georges Simenon, que dirige y coescribe Pascal Bonitzer que fue nominado al León de Oro por Looking for Hortense en 2012 y al Oso de Oro en 2003 por Pequeñas heridas. Su estreno más reciente fue el año pasado con El cuadro robado. La película tuvo su estreno internacional en el circuito de festivales europeos, donde la crítica ha alabado la elegancia de su puesta en escena y la profundidad psicológica con la que se aborda al mítico comisario. En España, participa en la Sección Mosaico: Panorama Internacional en el Festival de Málaga.

Protagoniza el film el cuatro veces nominado al premio César Denis Podalydès (El último suspiro, El barco del amor). Le acompañan Anne Alvaro, en el papel de Jacotte Larrieu, y Manuel Guillot, quien da vida al fiel ayudante Janvier. Cierra este elenco de lujo Irène Jacob, interpretando a Louise, la mujer de Maigret.

Maigret y la muerte del embajador es una historia profundamente psicológica que combina intriga, poder y el estudio de la naturaleza humana, un relato donde la observación silenciosa del comisario se convierte en la única herramienta para desvelar la corrupción tras las apariencias.

Inspirada en el universo de Simenon
Georges Simenon creó al Comisario Maigret en 1931, convirtiéndolo en uno de los detectives más icónicos de la literatura universal con más de 75 novelas. A diferencia de otros investigadores de la época, Maigret no se basa solo en la deducción lógica, sino en la empatía: su método consiste en "instalarse" en la vida de los demás hasta comprender sus motivos.

En esta adaptación, Bonitzer traslada esa esencia a un caso de alto voltaje político: la muerte de un embajador que amenaza con desestabilizar las relaciones internacionales. La película captura la atmósfera melancólica y humana que hizo de los libros de Simenon un fenómeno mundial con más de 500 millones de copias vendidas.

Del libro a la pantalla
El interés de Pascal Bonitzer por adaptar esta obra específica de Simenon nació de su fascinación por los espacios cerrados y las tensiones dialécticas. El director, conocido por su rigor intelectual, buscó despojar al personaje de los tics televisivos para devolverle su peso cinematográfico. Junto a su equipo de producción, Bonitzer trabajó en una estética que evoca el cine negro clásico pero con una sensibilidad moderna. El guion logra capturar no solo la trama policial, sino el "clima" Simenon: esa mezcla de lluvia, tabaco de pipa y la observación silenciosa de un hombre que intenta entender el alma humana antes que juzgarla.


Sobre el director
Pascal Bonitzer (París, 1946) es una figura fundamental de la cinematografía francesa contemporánea, reconocido por su agudeza intelectual y su maestría en el manejo del diálogo. Antes de consolidarse como realizador, forjó una prestigiosa carrera como crítico en la mítica revista Cahiers du Cinéma y como guionista de cabecera para figuras como Jacques Rivette, lo que le otorgó un conocimiento profundo de la estructura dramática y le valió el prestigioso Premio Henri-Jeanson por su talento como dialoguista.

Como director, Bonitzer se ha especializado en un cine de personajes complejos, a menudo explorando las tensiones de la burguesía y los dilemas éticos a través del humor ácido y el suspense. Su trayectoria ha sido avalada por la crítica internacional, destacando su triunfo en los Premios Jean Vigo con su ópera prima Encore y múltiples nominaciones en los Premios César y el Festival de Cine de Berlín, donde compitió por el Oso de Oro con Pequeñas heridas.

En Maigret y la muerte del embajador, Bonitzer asume el reto de adaptar el universo de Georges Simenon, aportando una mirada elegante y renovada al célebre comisario. Su dirección se aleja de los clichés del género policial tradicional para centrarse en la atmósfera opresiva y los matices morales de la alta diplomacia, consolidando así su capacidad para transitar con éxito entre el cine de autor y el cine de género de gran factura.


Entrevista con Denis Podalydès (por Anne-Claire Cieutat)
P: Te recordamos como periodista detective en el papel de Rouletabille, como inspector en Mortel transfert, ¡pero es la primera vez que interpretas a un comisario legendario! ¿Cómo recibiste la propuesta de Pascal Bonitzer?.

R: La recibí con una mezcla de alegría e incredulidad. Alegría porque Pascal me lo proponía e incredulidad porque nunca habría pensado en mí para un papel así. Tenía en mente a un actor impasible y macizo, en la línea de Gabin, de Bruno Crémer, de Depardieu, quienes lo interpretaron y lo grabaron en la memoria colectiva. Solo encontré una vez, en uno de los Maigret que he leído, la palabra «macizo» para describir a Maigret. Simenon sin duda lo ve así, pero no añade ningún otro adjetivo, incluso parece evitar dibujar una figura precisa. Maigret es más bien una silueta, una sombra, un contorno…

P: ¿Qué opinas del cine de Pascal Bonitzer?

R: Amo su cine, es tan singular. Sus películas escapan sistemáticamente de los estereotipos de todo tipo, de las modas pasajeras y de la vulgaridad cinematográfica (o al menos de su lenguaje común). Hay en él una elegancia y una autonomía de la ficción que hacen que cada película me resulte única, luminosa y enigmática; incierta y, sin embargo, muy precisa en su trazo, en sus diálogos, en sus encuadres y en su puesta en escena. Parece no hablar nunca de sí mismo ni de nadie en particular, no intenta jamás «aprovechar» un tema de actualidad para colar su comentario, ni decir obviedades o imponer un punto de vista.

P: ¿Qué representa para ti el universo de Simenon?

R: Conozco mal su obra y me avergüenza. En cambio, he leído varios Maigret con gran placer. Me doy cuenta de que lo que digo del cine de Pascal podría decirse de Simenon, quien parece alejarse de lo real para volver a ello incesantemente, mediante movimientos concéntricos y excéntricos. Ocurre un asesinato en un mundo muy real, en un entorno social hábilmente explorado (hay algo de sociólogo en Simenon), pero poco a poco, gracias a las largas escenas de interrogatorio —una delicia para los intérpretes—, la fábula hace surgir un mundo turbio, entre el sueño y la abstracción, cargado de afectos extraños, de pasiones inmensas y silenciosas, de violencia retrospectiva. Se alcanza una especie de poesía, un gran lamento de la debilidad humana.

P: Parece que te has adueñado de los atributos de Maigret (la pipa, la gabardina, el sombrero) con entusiasmo. ¿Fue esa tu puerta de entrada para acceder a la interioridad del personaje?

R: Al no tener esa estatura «maciza», me gustaba la idea de contar con esos atributos que también conforman la silueta, el contorno de Maigret. Te pones el sombrero, te enfundas el abrigo, coges la pipa y ya es Maigret. Es como si fuera, antes que un personaje, una pieza en el juego, una función: la función del comisario Maigret. Es posible que no exista una "interioridad" de Maigret. Rara vez sabemos lo que piensa. Al menos, siempre parece decir menos de lo que piensa y nunca se explica; no hace alarde de sus conocimientos (si es que los tiene), no comenta, sueña mucho mientras reflexiona —o al revés— y le deja todo el espacio a aquel o aquella a quien escucha…

P: ¿En qué medida la ropa que llevabas te ayudó a encontrar su aplomo, su verticalidad?

R: Me gustó de inmediato el vestuario propuesto por Marielle Robaut, la fiel figurinista de Pascal. Zapatos flexibles y sencillos, el traje igual, y un abrigo de Pascal, traído por él mismo, que me quedó bien enseguida. Una bufanda, un sombrero. El aplomo es eso: cuando algo te sienta bien de entrada, parece ajustarse sin encorsetar nada. Estaba cómodo. Tenía ganas de sentarme y escuchar a la gente. De no hacer nada más que hacer las preguntas que siempre llegan en el momento justo, tanto en los diálogos de Simenon como en la adaptación de Pascal.

P: ¿Qué es lo que más te gusta de Maigret?

R: El arte de escuchar y de oír, ambas cosas al mismo tiempo. Escucha las palabras de los testigos o sospechosos y, a la vez, oye el lamento interior, aquello que contradice lo que se está diciendo. Ese lado de psicoanalista es apasionante de interpretar. Me gusta su arte de posponer el juicio, su forma de no querer deducir nada demasiado rápido. Hay algo en él que deja que las cosas fluyan, que espera su momento. Posee una paciencia, una melancolía y también una indulgencia ante la desgracia, el crimen y la violencia. Y me gusta que preserve, a pesar de todo, una forma de normalidad alegre, casi de conformismo asumido, como se ve cuando vuelve a ser él mismo, con su familia o sus amigos, cuando piensa en comer bien, en la comida que le espera. Todo eso hace que el personaje me resulte infinitamente simpático, pero también misterioso, precisamente por ser alguien que se mantiene en un segundo plano, que deja de lado las interpretaciones y los comentarios.

P: Ante esta investigación donde nadie parece culpable, Maigret se encuentra en un callejón sin salida. ¿Cómo jugaste con la duda que lo atraviesa?

R: La duda me parece, en efecto, la actitud principal e incluso metódica en la que se instala Maigret, sin por ello agitarse o mostrar una angustia pronunciada. La duda es el estado casi natural del investigador. Miras el humo escapando de su pipa como un pensamiento en constante formación y deformación. Avanzas sin saber, elaboras hipótesis, profundizas, te equivocas, vuelves a empezar. Las pistas falsas son tan interesantes como las verdaderas. Es paradójico: la duda te mantiene erguido y permite lentamente el acceso a la verdad, gracias a los vacíos que dejas, a la falta de nitidez. La verdad es blanca. Eso me encantó.

La verdad es blanca. Eso me encantó.

P: ¿Cómo percibes esta historia de tintes melancólicos?

R: Esta historia, que se sumerge en un ambiente ultracatólico y cerrado por todas partes, me conmovió mucho. Pude conocer a gente así en Versalles, mi ciudad natal. Personas fuera del tiempo, fuera del mundo, destinadas casi naturalmente a lo trágico. Cuando este tipo de personas atraviesan pasiones, nos hacen entrar en un mundo oscuro de ruido y furia contenida; estamos de lleno en Bernanos, un novelista que me encanta. La religión los convierte en locos y mártires que no obtendrán nada de sus inversiones espirituales ni de sus amores marchitos. Debo decir que Anne Alvaro le aporta a su papel una inmensidad, a veces cómica y a veces trágica, que me dejó conmocionado.

P: ¿Qué dirías de la mirada que lanza Maigret sobre el entorno que le toca frecuentar y los personajes que conoce?

R: Al principio está totalmente sorprendido, sobre todo cuando toma la medida del personaje que interpreta Anne. ¿De dónde puede haber salido? Se siente inmediatamente curioso, seducido por la extrañeza de esa persona que se cierra en banda e incluso se vuelve sospechosa, y que no encaja en ninguna categoría preconcebida: ni es realmente una solterona, ni una gobernanta arquetípica. Él no juzga; busca saber, percibir, antes incluso de comprender. Está claro que no pertenece a ese mundo, pero es precisamente eso lo que le atrae a su pesar. Maigret siempre está cautivado por el hombre o la mujer que tiene enfrente. Es la alteridad lo que le interesa, aquello que siempre se le escapará. Creo que eso lo lleva a una forma de indulgencia fundamental hacia los seres humanos, a los que nunca condena.

P: En su espacio doméstico, Maigret se pone de buen grado ante los fogones: ¡la buena mesa le importa en cualquier circunstancia! Lo descubrimos como un bon vivant, tierno y cómplice con su esposa…

R: En las películas policíacas, a menudo el policía casado acaba descuidando a su mujer, arrastrado por su investigación, lo que le lleva a dormir fuera de casa o a arriesgar el pellejo, como si en el fondo no tuviera a nadie a su lado. Maigret, en cambio, ama a su mujer, se reúne con ella en cuanto puede y no dejaría su hogar por nada del mundo. Es una de las características propias del personaje y de las novelas que lo protagonizan. Otro cliché más del polar americano evitado por Simenon. Esto da pie al humor, a una forma de alegría apacible que compensa la oscuridad de los crímenes o de los otros personajes. El mundo real es, a la vez, triste y lleno de sabores.

P: ¿Y qué hay de los diálogos y su velocidad de ejecución?

R: Es el toque de Pascal, que aquí toma prestado de Simenon, quien nunca teme a los diálogos largos, y Pascal les ha sacado el máximo partido. Es él quien impone el tempo a través de su manera de ser y de escuchar, de relanzar y de modular el ritmo. La escritura está articulada con mucha finura; se aprende con placer y entusiasmo porque siempre hay humor y sorpresa en sus frases, donde Pascal inyecta una cantidad de detalles personales tan sabrosos como los platos por los que Maigret siente predilección. Se siente como en casa dentro de Simenon y con Maigret.

P: ¿De qué manera te orientó Pascal Bonitzer en el plató y previamente? ¿Qué clase de director de actores es?

R: Nos pusimos de acuerdo en un par de conversaciones (un almuerzo y una lectura previa) sobre algunos principios básicos que son también principios de método (dos o tres rasgos de carácter, textos bien aprendidos, ligereza en la ejecución; todo esto ya estaba implícito desde la lectura del guion) y, después, sobre el vestuario; sabíamos que el vestuario era determinante. Luego, los ensayos de esos diálogos: Pascal escucha con una agudeza extrema, con sentido musical, y su rostro es entonces tan expresivo que detectas de inmediato la reticencia o el placer. Ajustamos. Nos ubicamos en el decorado, siempre rico en posibilidades escénicas, y te das cuenta de que lo ha elegido y dispuesto con mucha rigurosidad: ese decorado es, en sí mismo, un eje de la puesta en escena. Entramos decididamente en la secuencia que trabajamos con esa exigencia que me recuerda a ciertos ensayos de teatro, debido a la longitud y la densidad del diálogo. Ahí, Pascal se entrega por completo al juego y esa es la dimensión placentera del trabajo. No deja pasar nada y, sin embargo, eres libre. Eres libre y haces exactamente lo que te dicta tu intuición. Fue maravillosamente agotador. Dormía muy bien por las noches.

P: ¿Qué puedes decir de tus compañeros, de su solidez, de sus voces y de ese humor discreto que a veces emana de algunos de ellos?

R: Es un reparto de grandes actores y actrices, a quienes el teatro, especialmente, ha consagrado. Cuando Pascal me lo anunció, me puse muy contento. También me reencontraba con amigos con los que ya había trabajado o a quienes soñaba conocer y tener como compañeros, como André Marcon o Hugues Quester, por ejemplo. Ya he mencionado toda la admiración que siento por Anne Alvaro. Es una tragedia que convierte el cine en un terreno de juego inmenso y delicado. Su voz siempre me ha cautivado; le añade una quiebra, una locura encorsetada que me hacía el personaje absolutamente fascinante. Reencontrarme con Irène Jacob fue un regalo que le agradezco a Pascal, y le otorga a la señora Maigret una fuerza y una dulzura perfectas.

Compartir escena con Dominique Reymond, Laurent Poitrenaux y Micha Lescot es un placer constante. Representan de maravilla ese mundo de la alta burguesía católica y decadente, con un humor buñueliano. Micha y yo nos conocemos y somos amigos desde hace más de veinte años; actuar con él es como un juego de niños porque me devuelve toda mi inocencia al hacerme reír y sorprenderme siempre.

La gran escena con Julia Faure también fue una suerte: ella tenía un diálogo largo —yo hablo poco en esa escena— y me sentí como un espectador ante su inmensa gracia y su inteligencia virtuosa. Sentí una emoción muy fuerte al actuar con Hugues Quester, tan tierno y divertido como ese notario achacoso, igual que con André Marcon, mi jefe, que es también un maestro para mí. ¡Y el descubrimiento de Manuel Guillot, un Janvier extraordinario y bonachón! No quiero olvidarme de Stéphane Mercoyrol y Arcadi Radeff, que fueron unos compañeros valiosísimos.

P: ¿Eres sensible a la dimensión discretamente fantástica de la película que emerge de ciertos planos iluminados por Pierre Milon? ¿Influyó eso en tu forma de actuar?

R: Sentía una luz particular, sobre todo en ciertos decorados —la sala de interrogatorios, por ejemplo, o la tienda de Mazeron— y me sentía bien allí, pero no era algo completamente consciente; era como si el espacio de juego estuviera delimitado y nos aislara del mundo, ofreciéndonos la posibilidad de absorbernos totalmente en él. Estábamos en una zona donde nuestras palabras tenían un sabor y una resonancia singulares. No sé cómo explicarlo, porque es más bien ahora, al recordar la felicidad que esas escenas despertaron en mí —todo este rodaje fue una alegría constante dentro de una densidad de trabajo continua—, cuando me doy cuenta del efecto beneficioso e inspirador de esa luz que Pierre Milon creaba con tanta suavidad y discreción.