Cinemanía > Películas > Un poeta > Comentario
Destacado: Santiago Segura regresa con 'Torrente presidente'
Un poeta cartel reducidoUn poetaDirigida por Simón Mesa Soto
¿Qué te parece la película?

La multipremiada tragicomedia de Simón Mesa Soto, protagonizada por Ubeimar Rios, Rebeca Andrade y Guillermo Cardona.


Citas de prensa
"Una hilarante historia sobre intentar llevar una vida creativa y fallar miserablemente" - Variety.

"Una subversiva tragicomedia repleta de humor negro y un gran corazón" - Otros Cines.

"Trágica y desternillante al mismo tiempo" - Screen Daily.

"Una voz original que mezcla el arte elevado con el mal gusto" - IndieWire.


Entrevista con Simón Mesa Soto, director de Un poeta
P: ¿De dónde nace esta historia de un viejo poeta fracasado? ¿Qué querías explorar?

R: Es mi proyecto más personal. Todo empezó con una pregunta íntima: ¿y si yo mismo soy un artista fracasado? Hacer cine en Colombia es terriblemente difícil, y después de mi primer largometraje me planteé seriamente dejarlo. Me veía con cincuenta años, ganándome la vida como profesor —en el fondo sigue siendo lo que me da de comer— y viviendo gracias al recuerdo idealizado de un pasado artístico. También quería explorar el arte desde dentro: qué significa crear, qué limitaciones conlleva, qué concesiones exige. La película surgió de un cierto hartazgo del sistema artístico y del deseo de crear algo libre, sin moldear, con un espíritu casi punk. Fue una forma de volver a conectar con lo que una vez significó para mí el cine. Y en vez de retratarme a mí mismo como cineasta, elegí la figura de un poeta, porque ser poeta es todavía más utópico, si cabe.

P: La película se interroga acerca de qué es y para qué sirve el arte, y explora esas cuestiones a través de la poesía, la forma de arte menos industrial que existe.

R: A menudo vemos el arte como algo elevado, pero también es una industria, incluso cuando es independiente. En el cine, por ejemplo, hay un mercado que dicta qué es lo que espera ver el público, y hay ciertos patrones que se repiten, especialmente en el cine latinoamericano. En tanto que artista, tienes que decidir si satisfacer esta demanda externa o pensar qué es lo que de verdad te motiva. Yo quería volver a algo más puro: una forma de arte cruda y visceral, menos mecánica. Ahí es donde interviene la poesía. No fue una elección estratégica, sino una corazonada. En mi ciudad, Medellín, conozco a muchos poetas que no encajan en los moldes establecidos. Tienen calle, son punks, gente real, y me resultaban más fascinantes que la figura de un director de cine. La poesía tiene una cualidad anacrónica: da la sensación de que sigue existiendo en el pasado, y ese aspecto me marcó a la hora de contar esta historia. Por ejemplo, los recitales de poesía parecen casi atemporales, ajenos a la idea del arte como algo utilitario o comercial. Y en ese mundo hay contradicciones y un humor muy característico que quería explorar a través de una comedia oscura.

P: El vínculo entre Óscar y Yurlady es central en la película. ¿Qué querías explorar a través de su relación profesor-alumna? ¿Hay una especie de salvación mutua?

R: Sí, sin duda. Con esa relación quería explorar varios dilemas que me suscita la práctica artística, especialmente en un país como Colombia, donde las desigualdades sociales son tan acusadas. En el arte, y en concreto en el cine, opera muchas veces una lógica por la cual el creador, desde una posición más privilegiada, transforma al “otro”, al personaje menos privilegiado, en la materia prima de su obra. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿cómo representar a ese “otro” sin despojarlo de su verdadera esencia? La relación entre Óscar y Yurlady me ayudó a abordar esa cuestión, ya que ella no es ni una figura idealizada ni un prodigio literario, sino que escribe simplemente porque le gusta, porque lo necesita. Él, por su parte, es un hombre cansado, desilusionado. Cuando se encuentran, creo que se iluminan mutuamente: ella encarna una forma de arte más pura y libre, menos contaminada por el mercado o por la necesidad de validación. Y eso hace que él se enfrente a lo que ha perdido. De modo que, sí, hay una especie de salvación mutua, pero no en un sentido romántico, sino más bien como una oportunidad de volver a conectar con lo que de verdad es importante.

P: Un poeta oscila entre la comedia y el drama, entre la parodia y la tragedia, en un equilibrio muy delicado. ¿Cómo conseguiste combinar esos tonos?

R: No tenía una fórmula clara, la verdad. Me dejé llevar mucho por la intuición. Ya mientras escribía el guion, visualizaba pequeños gags y momentos cómicos sutiles, confiando en que, una vez filmados, funcionarían. Pero eso en realidad nunca se sabe hasta que la película llega al público, así que sigo pendiente de descubrirlo. En este segundo largometraje, quería ante todo disfrutar del proceso. En el primero, había estado estresadísimo, tenía mucha ansiedad. Esta vez quería que la experiencia fuera divertida, incluso liberadora, un poco como un exorcismo personal. La comedia contribuyó a que lo fuese: me permitió jugar, reírme de mí mismo, de lo que implica ser artista y, al mismo tiempo, utilizar la comedia para abordar temas serios. Ojalá la combinación funcione, porque para mí era importantísimo no hacer una película rígida, sino que se moviera libremente entre diferentes registros.

P: Tu película recuerda un poco a la comedia judía neoyorquina —con el motivo del clarinete en la banda sonora— o a cierto humor argentino. ¿Te reconoces en esas influencias?

R: Ya lo creo. De hecho, fue dificilísimo encontrar financiación para la película por esa razón. Una comedia colombiana sobre poetas no encaja en los estereotipos que el mercado espera de una película de mi país. Nos decían que parecía una comedia argentina o una película de Woody Allen; y claro, cuando una película así se hace en Argentina, tiene sentido y se vende, pero si se hace en Colombia, nadie sabe qué hacer con ella. Hay guiños claros a las comedias que mencionas: lo del clarinete es una parodia evidente, un homenaje absurdo a ese mundillo de los poetas neoyorquinos, tan intelectual y sofisticado, pero aquí aparece en un contexto completamente diferente, encarnado por un tipo de Medellín, nostálgico y un poco patético, que se cree Bukowski. Esa discordancia me resultaba cómica y, al mismo tiempo, muy potente, porque juega con el contraste entre quién cree el personaje que es y quién es en realidad. Esa tensión está muy presente en el tono general de la película.

P: ¿Cómo encontraste a Ubeimar Ríos y por qué decidiste confiarle el papel principal?

R: Es el tío de un amigo, y un día mi amigo me dijo: “Mira, este es tu poeta”, y me mandó su perfil. Ubeimar es maestro y vive en un pueblo a las afueras de Medellín, escribe columnas para la prensa local, le interesan la poesía y la música y organiza eventos culturales. Tiene una forma muy peculiar de hablar y de moverse que me resultó fascinante. Al principio lo descarté porque tenía intención de trabajar con actores profesionales. En proyectos anteriores había trabajado con no profesionales y esta vez quería probar algo diferente. Pero no me sacaba de la cabeza a Ubeimar, así que volví a llamarlo. Estaba convaleciente de una operación, así que fuimos a la finca en la que vive para hacer un casting y lo vi claro: hubo una conexión inmediata e instintiva con el personaje. Y luego pasó algo muy bonito: Óscar, en el guion, era un personaje más antipático, pero Ubeimar le imprimió una humanidad que no estaba en el texto. En el rodaje todos le cogieron mucho cariño. Eso lo cambió todo. Su presencia dulcificó al personaje y, a pesar de sus defectos, se volvió más entrañable.

P: ¿Y a Rebeca Andrade, que hace de Yurlady, por qué la elegiste?

R: Con Rebeca el proceso fue largo, sobre todo para que interiorizara el personaje. Estuvimos mucho tiempo haciendo castings en colegios e institutos de Medellín. Después de ver a muchas chicas, al final la encontramos a ella en una escuela pública. A partir de ahí, empezamos un intenso proceso de preparación con los dos actores, junto con un coach y un equipo que se pasaron dos meses trabajando con ellos. Fue un proceso muy productivo en el que fuimos repasando cada escena, una a una. Ubeimar tuvo que dejar provisionalmente su trabajo de maestro para dedicarse a tiempo completo a formarse como actor. La transformación fue enorme. Ahí fue cuando me di cuenta de que, al final, no se trata tanto de actores sí o actores no, sino de encontrar a la persona adecuada para cada personaje.

P: ¿Dónde se rodó la película? ¿Hay también un retrato social, una mirada a las clases y a las tensiones entre ellas?

R: Sí, por supuesto. Rodamos en Medellín, que es donde vivo y donde he hecho todas mis películas. Desde el principio quería mostrar las diferencias entre clases sociales. Óscar viene de una familia de clase media, mientras que Yurlady es de clase más baja. Esa tensión es muy habitual en Medellín, una ciudad con unos contrastes sociales muy marcados. Quería abordar ese conflicto mediante la comedia. Hay una reflexión sobre el arte y sus dilemas sociales, sobre cómo el arte se enfrenta, o no, a esas tensiones. En América Latina el arte tiende a ser muy político, muy social, y yo quería jugar con eso: con las expectativas de que una película colombiana tiene que tratar determinados temas de una determinada manera.

P: ¿Por qué era importante rodar en 16 mm?

R: Buscaba una estética que evocara el pasado, porque los poetas así son un poco como de otra época. Por otro lado, la película habla sobre ciertos dilemas de los hombres de mediana edad, de ese momento entre la juventud y la madurez en el que empiezas a sentirte desfasado. Yo tengo 39 años y también estoy ahí, a caballo entre dos generaciones. A veces me sorprendo repudiando lo nuevo, y otras, lo viejo. Tenía sentido imbuir todo de una textura ligeramente anticuada. Rodar en 16 mm me permitió dar al mundo de la película un aspecto un poco ochentero, áspero, rugoso, un poco a lo John Cassavetes. No buscábamos una imagen digital, limpia y flamante. Queríamos algo más feo, más imperfecto, que añadiese otra capa estética y emocional a la película. Y, por supuesto, está el placer personal: rodar en 16 mm es una experiencia muy especial para cualquier cineasta.

P: La película también es la historia de una reconciliación entre un padre y una hija. ¿Te interesaba contarlo por medio de una figura sustitutiva, la “hija postiza” que encarna Yurlady?

R: El padre suele ser una figura distante, y el artista más todavía. Está ese cliché tan extendido de que los artistas estilo Bukowski son siempre malos padres, desastrosos y egocéntricos. Ya sabes, todos esos estereotipos de la masculinidad y la vida de artista. Y yo no quería impugnarlos por completo, pero sí mostrar algo más: la fragilidad. Para mí era el personaje menos interesante posible alrededor del que construir una historia, porque no es alguien que llame. Pero tal vez fuera eso lo que más me atraía: intentar encontrar cierta belleza, por pequeña que fuera, en un hombre así. Y era también una especie de exorcismo: quería retratar mis propios defectos, dudas y contradicciones.

P: La película se terminó en enero de 2025 y ya ha sido seleccionada en Cannes. ¿Cómo es que fue tan rápido el proceso de producción?

R: Sí, fue todo muy apresurado. Empezamos a rodar el 14 de enero y terminamos hacia el 16 de febrero. Teníamos la intención de dedicar mucho tiempo al montaje…, pero no fue así. También queríamos romper con esa lógica actual del cine, tan estructurada: laboratorios, talleres, residencias… Todo está muy pautado. Y a veces lo más importante es hacer la película y ya, aunque no quede perfecta. Después del rodaje, me encerré un mes a trabajar con Ricardo, el montador. Conseguimos terminar una primera versión, aunque sabíamos que no estaba lista del todo. Después tuvimos que decidirnos: ¿seguíamos montando o la mandábamos a Cannes? Al final la presentamos —fuera de plazo, todo sea dicho—, y fue muy raro, porque ya habían anunciado parte de la selección oficial; pero la vieron, les interesó y la admitieron. Si no la hubieran seleccionado, habríamos seguido trabajando en ella. Aún hoy sigo sin tener claro si fue la mejor decisión, porque aún vamos a marchas forzadas para terminar la posproducción. Pero creo que ese carácter inacabado encaja con la estética de la película. Normalmente solo se puede hacer una película cada tres o cuatro años. A mí me gustaría rodar más a menudo, aunque fuera con menos medios. Por eso me pareció bien dejar esta así, aunque no sea perfecta: eso es probablemente lo que la define.


El director y guionista Simón Mesa Soto
Simón Mesa Soto es un director, guionista y productor colombiano. Estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia y más tarde cursó un máster en la London Film School. Su proyecto de fin de máster, el corto Leidi, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 2014. Su siguiente corto, Madre, también formó parte de la Selección Oficial del Festival de Cannes en 2016. Ambos cortometrajes han podido verse en festivales de todo el mundo. Amparo, su primer largometraje, se estrenó en la Semana de la Crítica de Cannes en 2021, donde se alzó con el Louis Roederer Foundation Rising Star Award para la actriz protagonista. La película ha recorrido más de cincuenta festivales de cine de todo el mundo y ha ganado premios en los festivales de La Habana, Chicago, Lima y Punta del Este, entre otros. Amparo fue la gran ganadora de los Premios Macondo 2022 de la Academia Colombiana de Cine, con siete galardones, entre ellos los de Mejor Dirección y Mejor Película. Un poeta es su segundo largometraje.

Filmografía
2025 | UN POETA
Festival de Cannes 2025 - Un Certain Regard
2021 | AMPARO
Semana de la Crítica de Cannes 2016
2016 | MADRE (Cortometraje)
Festival de Cannes 2016 (Cortometraje)
2014 | LEIDI (Cortometraje)
Festival de Cannes 2014 - Palma de Oro al Mejor Cortometraje