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Caótica Ana cartel reducidoCaótica AnaDirigida por Julio Medem
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Binomios (por Julio Medem)

Ana y Ana
Apariencia y fondo
Luz y oscuridad


Ana está dotada de fuerzas tan contrapuestas que es, sin duda, una de las criaturas de la especie humana más profundamente extremas que conozco; siempre refiriéndome a la diferencia entre apariencia y fondo, entre lo visible y lo invisible. De este claro-oscuro surge su caos.
Cuando comienza esta historia, con 18 años, verdaderamente ella no sabe el abismo que guarda su subconsciente. De ahí que su luminosa personalidad esté volcada en relacionarse hacia fuera, para distraerse, porque secretamente Ana contiene un oscuro paisaje de fondo, que teme. Y no es para menos, ya que la caravana humana que circula por sus entrañas, de vidas que aún palpitan, de jóvenes mujeres muertas aún deseosas de engendrar un campo infinito de niños que serán hombres buenos, encarriló sus primeros vagones hace dos mil años.

Pero vemos a Ana como una jovencita normal. Más bien parece "ultrarreal". Una hippie de nueva generación que pinta cuadros que salpican optimismo y felicidad. Una pintura a cera, naif y colorista, que forma un muro de protección lleno de puertas cerradas que poco a poco alguien llegado de muy lejos (del otro lado del Atlántico) le ayudará a abrir; rendijas al abismo.

Ana pisa su presente pero ya está poniendo el próximo paso por delante, por si acaso al tiempo se le ocurriera transcurrir más rápido. Ella quiere ser siempre la primera en apuntarse a lo que está por llegar, nunca a lo que ya ha sido, y menos a lo que está muerto. O apagado. O falto de color. Es una entusiasta del color, de lo surreal, de lo deseable… Y con el amor Ana se entregará en sacrificio, como una cría romántica a su príncipe azul oscuro, o como una vieja montañera dispuesta a subir las cimas más altas del planeta, y no bajar nunca.

Ana tiene cara de pájaro y huesos de cavernícola. Respira el aire más ligero aunque por sus venas corre sangre densa, oscura, vieja. Criada en una cueva de Ibiza ella disfruta soltándose y descubriéndose en Madrid; es una europea que siente que Nueva York es el mejor sitio para "estar". Hija de una bestia parda de padre, Ana se lanza al mar para salir del Viejo mundo, hacia el Nuevo, para cambiar el pasado grande por el presente grande. Pero siempre será la amante y madre de los dos mundos; amante herida y bestia madre.

Ana es la princesa y el monstruo de esta fábula contra la tiranía del hombre blanco; tiranía de género masculino contra el femenino, como primera causa de las desgracias de la Humanidad. Ana es presa fácil, auténtica carne de caza, pero también fina punta de lanza del escarnio y el escarmiento contra la injusticia del cazador blanco. Pero no parece exactamente un soldado, más bien es un polizón de una travesía a vela, o como mucho una terrorista sexual que no sabe del todo que si la Historia tuviera, en algún lugar, un poco de conciencia, (además de ser femenina) ella sería una de sus tesoreras.

Ana es una encantadora de lo naif porque en realidad no se habla con las fuerzas del tiempo, ni de la tierra, ni del fuego, ni del hielo… aunque sean sus aliadas. Es una inconsciente genuina a la que hay que ayudar a volar, subiéndola eternamente. Queriéndola, siempre.

Ana y el Hombre Pájaro
La alondra y el halcón
Útero y hacha


El vuelo plácido de una alondra, primero, y un halcón encapuchado posado en el brazo de su adiestrador, después, abren la película. Estamos en una finca de caza en Andalucía. La historia dará la vuelta a la acción que ocurre entre ambos pájaros, hasta llegar al clímax, localizado en una luminosa suite en lo alto de un moderno rascacielos de Nueva York, casi en el aire. Casi cerrando un arco mitológico.

Ana no es un mito, podría ser incluso lo opuesto, pero contiene el mito del caos, el mito femenino de la creación. Esta historia, es una construcción (en clave) mitológica, sobre la figura de Ana, pero a sus espaldas, sin que ella en principio lo sepa, y sin que, una vez que lo sabe, lo quiera. No lo ha elegido, lo lleva naturalmente y en contra de su carácter. Lo que vemos de Ana, cómo es y cómo se comporta, es la parte nueva, libre; lo que guarda es lo viejo y comprometido, sujeto al pasado. En Ana se da una intensa lucha en la que, en todo momento, lo individual vence e ignora a lo colectivo, hasta que al final de la historia, una pareja (una madre y un padre que han perdido a un hijo en una Guerra) le abren las puertas… En ese instante Ana es capaz de oír su voz más vieja, con una animosa energía femenina de acompañamiento… y atraviesa el umbral. A partir de aquí, ella se pone en fila y se convierte en prolongación, en una más, la última, la única visible. Y desenfunda sus armas de mujer.

Sí, Ana intuye ya que puede jugar a representar el mito femenino de la procreación, que debe (aunque no sabe cómo y tendrá que improvisar) castigar al hombre de la Guerra. Un castigo poético en el que el mito femenino de la vida, ("la madre de los hombres buenos"), tiene todas las de perder contra el mito masculino del hacha. Este "acto poético" (como Ana lo llama) pone en marcha la ceremonia de su propio sacrificio.

Las actitudes entre ambos mitos y sus consecuencias se vienen repitiendo desde el inicio de la Humanidad, así que sabemos de sobra que la mujer es muy capaz de procrear (está muy capacitada para ello) y el hombre está muy capacitado para matar (sí, es muy capaz).

Ana y Justine
Protagonista y antagonista
Caos y vigilancia


Justine es una mecenas francesa que conoce a Ana en la isla de Ibiza y se fascina con su radiante personalidad y su forma de expresarse a través de sus cuadros pintados a cera, coloristas y sin aparente profundidad. Al proponerle que se vaya a Madrid a su residencia de artistas, intentará erigirse en la madre que no tiene.

Justine es una guía que a Ana le cuesta aceptar, por principio, por defensa y porque ya tuvo una madre, que la abandonó cuando ella era una niña. Una madre que ya olvidó sin ningún dolor. Ana cree que sólo necesita a su padre, (que también hizo de madre), al que llevará siempre dentro, él es el artífice de la gran confianza que ella siente por el sexo masculino.

Si Ana es el caos, o lo contiene en su abismo interior, casi a sus espaldas, Justine es el círculo, la matemática que impone los ciclos vitales, el orden adaptado a lo patriarcal. La vigilancia. El caos es femenino y es el origen de todo, lo decían los babilonios hace 4000 años, pero fue expulsado por el fanatismo del control. Por la ley y el orden de un único Dios masculino. Del caos se puede esperar también la imaginación, la creatividad; Justine lo sabe y lo cuida, aunque ella no lo contenga, por eso es una mecenas que tiene en Madrid un viejo palacete que sirve de residencia para jovencísimos artistas que ella misma elige, y allí les deja sueltos para que se desenvuelvan en su desorden.

Pero Justine es quien exige a Ana que sea consciente de su representación, del sentido de su vida, de su necesidad de entregarse a una causa colectiva. Es la mujer sabia por la que no corre el río del caos, aunque sí sabe su significado femenino, y lucha para que Ana lo descubra y haga algo por todos. Justine es la maestra de ceremonias que tiene que convencer a Ana para que ejecute su castigo poético y se ofrezca en sacrificio en nombre de las mujeres asesinadas por el hacha del hombre pájaro, en aquella remota época en la que desaparecieron las diosas.

Ana y Said
Tiempo y silencio
felicidad y tormento


Said es un joven pintor saharaui que perdió a sus padres en la Guerra contra Marruecos; una guerra de invasión civil y militar que dio como resultado que la inmensa mayoría del pueblo Saharaui tenga que vivir en unos campos de refugiados en Argelia, en el desierto de la Hamada. Así llevan más de treinta años, con lo que Said, junto a otros muchos huérfanos de guerra y el resto de los jóvenes Saharauis, no conocen su país. La primera proposición que le hace Said a Ana, nada más conocerse, es si quiere acompañarle a dormir, ya que duerme mal, sufre. Ana, sin embargo, duerme muy bien. "Nunca sueño. Debo tener alguna puerta cerrada". Esta defensa del subconsciente de ella es lo que le gustaría tener a él, "cerrar la puerta", pero no puede. Al contrario que Ana, Said no contiene nada dentro más que a sí mismo, pero es inmenso. Su vasto interior, que le da vértigo, es tanbién su vasto exterior. Ese es su tormento.

Said es un joven superdotado (además de pintura estudia cinco carreras con un permiso especial del Gobierno Español), pero es también un hombre del desierto. Él mismo confiesa a Ana, en una de sus noches de angustia, que sufre al sentir que ve todo el paisaje, incluso el final, y asegura que tras el horizonte no hay nada . Para Said vivir es una pérdida de tiempo. Algo ocurre entre estos dos seres encontrados, una enigmática complementación que a ambos les ayudará a entenderse.

Él, que todo lo que hace es para poder ayudar algún día a su pueblo, está particularmente volcado en el estudio de la Biología Molecular, ya que su sueño más íntimo es que algún día se llegue a descubrir la manera de que "nuestra biología dure siempre" . Said está convencido de que cuando "se nos acaba la biología, se nos acaba todo. El alma sólo tiene sentido con la biología". Ana le anima diciendo: " ¡ Pues venga, ponte a estudiar!". Pero el rumbo y los acontecimientos de esta historia irán planteando a su protagonista, que las vidas de todos nosotros estás expandidas y conectadas desde el origen del tiempo, hasta un futuro que nos atrae, que nos reclama. Ana llega a decir a Said, en su cara, que después de la muerte (cuando se acaba la biología) estamos todos, "vamos sumando. Morir llena, no vacía". Contenemos la memoria de todo lo que ha sido y lo que es; existimos juntos vivos y muertos.

Ana y Linda
Viento y tierra
El verde y el negro


Ana y Linda se hacen amigas nada más conocerse, a pesar de que ambas traen vidas muy distintas y poseen personalidades opuestas; estas diferencias que enseguida ellas se cuentan, las unen. Ana llega a Madrid pendiente de la ausencia de su padre, a quien lleva presente y a quien le escribe que aún siente su mano, apretándola fuerte, protegiéndola en la distancia. Pero Ana se mueve por la calle esquivando otras manos, en una danza con la que empieza a preparar su vida en solitario esperando que alguna mano de la gran ciudad algún día sea para ella. Linda sin embargo llega a Madrid sintiendo que ha dejado a una familia que no le gusta, a la que no necesita; a su padre por ser un egoísta que no sabe querer a nadie, y a su madre por estar sometida a él, como una pobre tonta que "cada día se está haciendo más pequeñita". En su primer encuentro Linda se define como un ser de tierra, "supersólida", mientras que Ana, desde sus ojos verdes, le confiesa que necesita que la sujeten, y acto seguido le coge la mano, la primera mano en su largo viaje.

Su nueva amiga Linda dice sin ningún pudor que los hombres son pollas con patas, "en el fondo son todos unos violadores"; a las mujeres las define como putas interesadas. Pero entre violadores y putas hay muchos puntos intermedios, como el que ocupa la propia Linda con sus contradicciones de mujer, y su pareja intermitente, Lucas, quien dice no creer en Dios, sino en la mujer, "mi única diosa". Algo de este rango en cuyas escalas intermedias hay diosas y hombres que hacen la pelota a las mujeres ("para follar más, que es lo que quieren todos"), ayudará a Ana a entenderse mejor, a saberse colocar ante su destino.

Por otra parte Linda, que es una video-artista, es la que graba las sesiones de hipnosis que Anglo hace a Ana. Es decir, es testigo de primera fila de su caos. Linda conoce a las dos Anas. Más bien a todas ellas. Verdaderamente Ana tiene suerte en encontrar en Linda a su primera amiga fuera de casa, su contraste, su raza, sus ojos negros, su acento con el que le dice "hay que mandar a la mierda a este mundo de machos que nos tiene a todos podridos por dentro", Ana lo llevará en su equipaje hasta el final del viaje, y le ayudará a descubrir su sentido en la vida.

Ana y Anglo
Consciente e inconsciente
Puta y violador


En una de las cartas que Ana manda a su padre, le dice que están viviendo (incluye a Linda) con un joven "al que llamamos Anglo, por su acento, es de Los Ángeles". Desde el candor de Ana podemos entender mejor a este personaje, aparecido (con una desaparición) y llegado como un guía al que ella da la mano confiada, y cierra los ojos. Ana se entrega así a un experto en técnicas de hipnosis para que pueda abrirle las puertas de su caos, dejándose descubrir pero a condición de no ver nada, con lo que lo trágico puede discurrir sin recuerdos para ella, como una pesadilla invisible y silenciosa. Sólo la cámara de vídeo de Linda podrá grabar estos viajes al pasado.

En este caso, Ana consiente ser la "puta interesada" (como describe Linda a las mujeres) entregada a Anglo, una especie dulce de "violador" de muertas y de sus memorias. Consciente de su cobardía por no querer enfrentarse a sí misma, Ana llega a consentir a Anglo algo más, íntimo y físico, le ofrece su propio cuerpo durante las hipnosis, teniendo claro que la relación puta y violador nunca llegará al plano consciente.

Con el tiempo y esta entrega sin rumbo, Ana pierde parte del sentido de quién es ella misma. Ante la pregunta de porqué no tiene sus propios sueños, Ango le dice que se tiene miedo, secretamente. No está claro que ella hay sido todas esas mujeres de las que habla en sus hipnosis, pero sí que forman parte de ella. Nadie existe sólo, nadie vive sólo. Todos somos lo que somos porque otros fueron lo que fueron. Anglo le pide que se mire dentro y se escuche, y Ana por fin acepta una hipnosis consciente, pero sólo quiere recordar ciertos momentos felices de una vida pasada que le interesan para su presente.

En este sentido se puede decir que Caótica Ana es una historia contra la tragedia, conducida por la fuerza del optimismo y la necesidad de ser feliz de su protagonista


El viaje de Ana
Foto 1. Septiembre en Ibiza
Justine: ¿Dónde podría ver más cuadros tuyos?
Ana: En mi casa.
Justine: ¿Puedo conocer tu casa?
Ana: (Risas de aprobación)

Foto 2. Invierno en Madrid
Klaus (off): Mi queridísima hija, me entristece verte así, pero mira… forma parte del hecho de salir de casa. Piensa que estas pequeñas desgracias te ayudarán a saber vivir, de eso de trata, de saber vivir para saber morir.

Foto 3. Entrando en la bahía de Manhattan
Ana: Nueva York, nueva vida.
Ismael: Quiero quedarme unos meses amarrado en Nueva York. Luego seguiré por la costa… hasta Brasil. Si te quedas conmigo te enseño a navegar.
Ana: No tengo ni idea de lo que quiero hacer. Sobre la marcha.

Foto 4. Caminando sola por las calles de Nueva York
Procedente de un coche suena una canción que trae recuerdos a Ana: "Una casa en el cielo, un jardín en el mar, una alondra en tu pecho, un volver a empezar"

Foto 5. En coche con Anglo por Arizona
Anglo: Queriéndote alejar, te has acercado al principio, a tu inicio.
Ana: ¿Y ya sabes cómo voy a morir esta vez?
(…)
Anglo: Ya hemos entrado en la reserva india.

Foto 6. Su cabeza ofrecida en la suite 2000
Osdad Ciaca: (En lengua india) Aunque me mates dos mil veces… volveré a nacer.
Ana: (En inglés) ¡¡¡No podrás nunca conmigo, porque soy la madre de los hombres buenos!!!


Ana es Manuela Vellés (por Julio Medem)
Recuerdo que era un viernes por la tarde, un día de septiembre, cuando recibí en casa una cinta de miniDV con una selección de casting realizada por Sara Bilbatua. Era la segunda fase tras un larguísimo casting que tuvo lugar durante varios meses antes del verano. Puse esta nueva cinta en mi cámara y la primera candidata que vi fue a una tal Manuela Vellés, de dieciocho años. Empecé a verla con mucha inquietud, echado hacia delante en el sofá, y al minuto de verla y escucharla, respondiendo a las preguntas de Sara, me tuve que echar hacia atrás y apoyarme con fuerza en el respaldo, pensando que todo lo ocurrido hasta entonces se estaba llenando de sentido en ese preciso momento. Tenía ante mis ojos a la Ana que desde que escribí el guión soñaba con encontrar.

SÍ, Manuela Vellés me hizo ver que existía lo que yo buscaba, y este hecho me afianzaba en el imaginario de mi personaje, y a ella, persona que se ponía justo en medio del camino, mirándome con la expresión justa, plantando delante de mí su personalidad magnífica, la convertía en lo mejor de lo mejor. Durante el breve tiempo que duró la entrevista yo me preparé para que cuando Manuela comenzara a interpretar las tres secuencias que Sara le había entregado del guión, me iba a decepcionar. Casi no me apetecía ver cómo interpretaba. Por supuesto la vi, colocando las frases, haciendo de actriz, redondeándolo todo… Cuando eché la cinta atrás para volver a ver su entrevista, mi cámara se estropeó, y no pude ver más en todo el fin de semana, que lo pasé pensando que ya tenía a mi protagonista, pero que venía de la mano de un reto nuevo: Tendría que llevarla, guiarla, enseñarla a interpretar. Manuela no tenía ninguna experiencia, nunca antes había interpretado nada, sólo tenía la intención de ser actriz; se acababa de matricular en una escuela de interpretación. El lunes volví a ver la prueba de Manuela y la del resto de las candidatas de esa primera entrega (Sara me había seleccionado más de cien). Yo miraba a las otras con los ojos muy abiertos, pero en el fondo de mí bullía el extraño deseo de que no quería que nadie me gustara más. Sabía que ese era un síntoma cristalino de que ya había tomado la decisión. Y me sentí afortunado.

Una semana más tarde hice una prueba en persona a Manuela Vellés. En general conseguí rebajarle los vicios y tonos algo fingidos del primer casting. Me gustó ver que se dejaba dirigir, y que era inteligente y muy porosa, pero estaba claro que me quedaba con ella un largo recorrido. La siguiente semana, Nicolas Cazalé, actor francés de origen bereber, llegó a Madrid para hacer una prueba con Manuela para el personaje de Said, un pintor saharaui. Vino desde Paris el día que él pudo; quiero decir que yo no elegí la fecha. Esa mañana, recién llegado, primero estuvimos tomando un café en la Plaza Mayor de Madrid, y yo comencé a hacer video a esta hermosa pareja mientras se estaban conociendo, tímidamente, él más que ella. Saltaba a la vista su diferencia racial, el contraste de sus miradas, ella limpia y sonriente, él serio y algo atormentado… me gustó pensar (en clave de Caótica) que el tiempo corría entre ellos, que les separaba un desierto. Con mi cámara me recreaba en sus rostros, y luego encuadraba al sol: era el día del eclipse.

Yo me dejé disfrutar sintiendo que tenía los astros de cara, y casi me convenció más la coincidencia de lo que ocurrió ese día en el cielo, que lo que luego vi en la prueba que hice en mi estudio. Estuvimos hasta última hora de la tarde, y a la salida Manuela me preguntó si podía responderle algo. Le dije que la llamaría pronto, y que me iba con prisa a casa porque esa noche tenía una cena familiar; era el cumpleaños de mi hija Ana (no le dije que hace dos años fue también la fecha del estreno de mi documental).

Cuando la llamé por teléfono para decirle que quería que fuese Ana, sentí que le daba una alegría y un susto. No me extraña nada. Le pedí que confiara en mí, primero, y luego, mucho más importante, que confiara en ella. Le prometí, le garanticé que la iba a ayudar con toda mi alma, con todo lo que había aprendido en mi vida y en mi trayectoria como director de actores. Le pedí que dejara que mi intuición prendiera la suya, como un disparo de salida para ese largo y dificilísimo viaje que íbamos a iniciar juntos. Elegir a Manuela Vellés para interpretar a Ana, fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida profesional.

El punto de partida en el trabajo de ensayos con Manuela fue construir con ella los recuerdos de su infancia y adolescencia en Ibiza; el olvido frío que sentía por su madre, que les dejó cuando ella tenía doce años, y el inmenso amor que la unía a su padre, que siempre había sido su guía y protector. Parte de la inconsciencia de Ana, que parece moverse sin peso por el aire, y su alegría natural, muy confiada, se debe a la presencia de este hippie alemán, un gigante muy mayor que sólo vive para su hija, escuchando sus risas, viendo cómo se expresa en sus cuadros sin ningún temor a ser juzgada. Klaus es el artífice de esa libertad que Ana respira a grandes bocanadas, sin presión, sin hacer daño a nadie.

Ideamos juntos un álbum de recuerdos, diez momentos grabados en la memoria de Ana, con todo tipo de detalles, imágenes, frases, sensaciones.., que Manuela me iba contando con los ojos cerrados. Luego le pedí que se fuera sola a Ibiza para recorrer los lugares en los que había vivido y se había formado como persona. A su vuelta, Manuela ya tenía el primer germen de Ana dentro. Mi intención era que con el tiempo supiera de ella más que yo, que la sintiera como suya, que le buscara un sitio en su personalidad. Cuando llegara el momento del rodaje, yo debería estar completamente fuera, aunque justo enfrente, para filmarla. Tuve mucho cuidado en que la presencia (en mí) de mi hermana Ana no presionara a Manuela, así que apenas le hablé de ella. Si acaso sólo se tocaron los dedos, en los cuadros que aparecen en la película, que mi otra hermana Sofía le enseñó a pintar a cera.

Manuela ya estaba preparada para empezar a viajar con el personaje, para salir con ella de su entorno luminoso y cálido, para dejar la cueva de su padre y enfrentarse a la vida exterior, cada vez más lejos de su isla. Y sola (ante su profundo caos). En los ensayos comenzaron a aparecer otros actores de la película, como Bebe, Asier Newman, Nicolas Cazalé o Raúl Peña. Aquel fue mi primer motivo (siempre secreto) de preocupación con la actriz Manuela Vellés. Con cada uno de los actores, ella estaba siempre un poco por debajo, a veces demasiado, como con Bebe, a quien Manuela admiraba tanto como cantante que, literalmente, se ponía roja de vergüenza y se hacía pequeña. Bebe era todo improvisación, siempre con el carácter en la mano, creativa, espontánea, una salvajilla llena de gracia y verdad, justo lo contrario que Manuela, a la que el miedo le quitaba la voz. Estaba trabajando con una persona que todavía no era actriz, de ahí que le costara sentirse segura, interactuar con actores que ya tenían cierta experiencia.

Manuela nos acompañó a parte del equipo en nuestro viaje de localizaciones en Nueva York, yo quería que ella conociera con sus propios ojos la ciudad que su personaje había elegido para su nueva vida. Volviendo en avión pensé con preocupación que era urgente idear una manera nueva de presentarle a Manuela su nuevo trabajo, para que se sintiera segura como actriz sin compararse con sus compañeros. Todo consistía en fortalecerla, darle confianza y favorecer su concentración.

Recuerdo que paramos los ensayos en Navidad. Manuela estuvo siete días alejada de Ana mientras yo le escribí un monólogo a medida para que se narrara a sí misma su historia-viaje en la película. Tras aquel descanso navideño, trabajando todas las tardes con el monólogo, sin el resto de los actores, unido al hecho de que las clases de técnica de voz con la especialista Lidia García estaban comenzando a surgir efecto, empecé a ver con asombro a la actriz Manuela Vellés; natural, fácil, moldeable, fuerte y, sobretodo, concentrada.

Volvimos a ensayar con el resto de los actores, y todos notaron el cambio con gran entusiasmo. Aparecieron también Mattias Habich (su padre) y Gerrit Graham (Mister Halcon), que me expresaron su fascinación por esta nueva actriz. Yo no podía sentirme más feliz y orgulloso (después del susto de antes de Navidad). Mientras, se sucedían las reuniones de jefes de departamento, lecturas de guión con el equipo, en fin, lo habitual, sólo que yo entonces, y se me notaba, irradiaba seguridad al resto, ya que la gran apuesta de la película, la interpretación de Manuela, estaba creciendo, día a día, así que sentimos que todo nuestro trabajo se llenaba de sentido. Teníamos un tesoro que era Ana, y la llave maestra para el resto de los departamentos, para abrir todos los sentidos, para que las corrientes confluyeran en el mismo cauce, ya la llevaba dentro Manuela Vellés.

A mediados de febrero de 2006 comenzamos un rodaje de 12 semanas, el más largo y complejo que he hecho en mi vida. Y a la vez el más fácil, gracias a la sensación de haber tenido un gran equipo y, sobre todo, a la mejor Ana que podía imaginarme. Manuela Vellés se crecía cada día ante el pasmo, la admiración y el cariño de todo el equipo. Su actitud se parecía más a la de una aventurera, todo era tan nuevo, tan distinto a lo que había hecho hasta entonces que ella misma se renovaba cada día, era fascinante ver que no se desgastaba con el esfuerzo, con la cantidad de horas que había que estar en la máxima concentración, ni con la responsabilidad. Los demás sí, por supuesto, y yo el primero. Pero Manuela parecía avanzar en la historia sin rozamiento, dejándoselo todo en cada reto, en cada secuencia, muchas delicadísimas hasta para la actriz más experta. Crear, me refiero a crearse a sí misma como actriz y personaje sacando de un fondo que no conocía, pero que a ella misma le pareció inagotable, se convirtió en un acto de felicidad, que nos contagió al resto del equipo. Sí, Manuela Vellés, nuestra querida protagonista, nos decía que nunca en su vida se había sentido más feliz, y todos nos impregnamos de esta preciosa energía de juventud, de esa profunda fuerza de la que ella está tan bien dotada (quizá no lo sabía y entonces la estuviera descubriendo). Nunca en mi vida he presenciado un espectáculo tan fabuloso de transformación y de conquista, nada fue difícil para ella. Sólo deseo que Manuela Vellés siga enganchada a esta corriente pura que nace de sus más profundas y enigmáticas entrañas, para que le garantice un buen combustible para su creatividad. Yo le auguro un exitoso y larguísimo futuro.


Notas de producción

Nueva York y la Golden Line
El final de Caótica Ana tiene como telón de fondo las calles de Nueva York. Un rodaje de dos semanas que, según los productores, exigió una intricada coreografía limitada por la célebre Golden Line. Se trata de una guía metálica que recorre a lo largo las principales avenidas neoyorquinas, sobre todo en el Midtown, separando el suelo público del privado. En Manhattan, las primitivas ordenanzas municipales autorizaron a las empresas a construir en altura sin contención a cambio de ceder parte de su planta para uso común e instalar, parques, plazas o zonas de tránsito más abiertas. Esto quiere decir que desde el bordillo de la acera hay metro y medio propiedad del Ayuntamiento, el resto es de propiedad privada. Los permisos de rodaje concedidos por la NY Film Office terminan en la Golden Line y la cámara no puede traspasarla, mientras que los actores se mueven libremente por toda la calle como viandantes anónimos. La planificación de las secuencias y el rodaje deben ajustarse invariable y escrupulosamente a esta limitación. Un nutrido equipo de vigilantes de seguridad contratados durante los rodajes por las diferentes empresas “propietarias” de la calle velan en todo momento por el cumplimiento a rajatabla de esa ordenanza.

Trekking en el desierto
El Parque Natural de Navajo National Monument en el estado de Arizona, ha sido la localización elegida por el equipo de Caótica Ana para rodar parte del viaje de Ana por el pasado y el presente. Allí se conservan vestigios de los primitivos “Anasazi”. Dentro del parque natural existen dos complejos arqueológicos de gran belleza, Keet Seel y Betatakin, situados a 2000 metros de altura. El primero, presentaba serios problemas de logística para el departamento de producción, obligaba a dejar los coches a una distancia de cuatro horas y media, desde donde elenco y personal técnico tenía que trasladar los suministros básicos (energía, agua, atrezzo). Finalmente se rodó en el yacimieno de Betatakin, una singular construcción Anasazi excavada en la roca con reminiscencias de la cueva ibicenca donde arranca la historia de Ana, un lugar más accesible al que el equipo se trasladaba a diario guiado por porteadores navajos.

Un idioma propio en homenaje a las culturas precolombinas
Durante sus viajes espirituales, Ana se comunica en un idioma elaborado especialmente para la película. Es el homenaje de Julio Medem a las culturas precolombinas que habitaron el continente americano. Inspirándose en la desaparecida Anasazi (en lengua navaja significa los más antiguos) que habitó los estados de Arizona, Utah, Nuevo México y Colorado de EEUU hasta el siglo XIII, el director vasco decidió fusionar con la ayuda de especialistas tres lenguas primitivas (quechua, azteca y navajo) en una partiendo de sus fonemas, y escribió algunos de lo hipnóticos diálogos de la película.

El compromiso con el pueblo Saharaui
Uno de los personajes que impulsan la aventura de Ana es Said, para ella su príncipe del desierto. Said es descendiente de saharauis. La colaboración del exiliado pueblo saharaui ha sido fundamental en el desarrollo de secuencias importantes de la película. El equipo se desplazó hasta el campamento 27 DE FEBRERO con el fin de recabar la ayuda de sus habitantes, básica a la hora de dar verosimilitud a ciertas experiencias de Ana. Hablaron con las comadronas para conocer las condiciones de los partos en los campamentos de prisioneros durante la invasión marroquí. E intentaron rodar en los actuales campamentos, canalizando solicitudes a través del Frente Polisario. Problemas muy serios de logística (en los campamentos no hay energía eléctrica ni agua corriente, los seguros se disparaban y el transporte aéreo no era directo), terminaron por trasladar las localizaciones a la isla de Fuerteventura. Las jaimas, el colorido vestuario de las mujeres y muchos de los elementos de atrezzo que aparecen en el filme proceden de allí. Se trasladaron vía Mauritania en barco hasta las Canarias para garantizar la calidad de la ambientación. Miembros del 27 DE FEBRERO, viajaron a Fuerteventura para asesorar en el diseño del campamento. Y la extensa colonia de saharauis que reside en la isla canaria se convirtió en figuración de excepción durante dos semanas, integrada en el equipo de rodaje de Caótica Ana.

El viaje hacia la democracia: Sony HD 950
Hace seis años, Julio Medem rodó LUCÍA Y EL SEXO con una de las primeras cámaras de video en alta definición susceptible de aproximarse a la calidad cinematográfica. El director vasco apuesta de nuevo por el soporte HD en Caótica Ana pero explorando las renovadas prestaciones de un modelo perfeccionado por SONY, la HD 950, utilizada en SIN CITY, MIAMI VICE y STAR WARS, EPISODIO III.

"Como director, la Alta Definición me da más tiempo, en especial con los actores. Me gusta probar, buscar, que interpreten para pedirles más, hasta puedo entrar en escena porque el material no cuesta. Y para los actores jóvenes es más relajado porque no tenemos que ceñirnos a la cota de tiempo entre acción y corten. Eso influye también en el lenguaje, cada vez uso menos maquinaria, menos grúa, menos travelling. En el futuro el celuloide será una opción para románticos y nostálgicos. La HD está empezando a democratizar el cine", señala Julio Medem

50 propuestas de arte emergente
En la Maison de Justine, Ana convive con un grupo de jóvenes promesas del arte actual. Julio Medem y Montse Sanz decidieron extender esta premisa del guión a la vida real convocando a 50 artistas reales a la comuna regentada por la mecenas francesa. Según explica Mariajo Gil, que ha desempeñado funciones de Comisaria de Arte para la película: "Todos tenían que ser jóvenes. Posteriormente decidimos también incluir obra de nombres más consolidados, como Santiago Idáñez, Ana Laura Aláez, Carles Congost o Ignacio Burgos, siempre que las piezas formaran parte de su primera obra para mantener frescura en todas las aportaciones".

"No podemos olvidar tampoco", nos recuerda Montse Sanz, "la obra que se supone hacen los propios protagonistas de la historia. Trabajamos juntos para crear las piezas de Linda, la video-creadora interpretada por Bebe, o el cuadro pintado por Said. Y la obra que lo ha marcado todo es la que en pantalla firma la propia Ana. En realidad pertenece a Ana Medem (la hermana de Julio) completada por la otra hermana, Sofía. La obra de Ana fue el punto de partida para reunir a los artistas aquí seleccionados, con los que hemos conseguido un ambiente creativo muy inmediato y espontáneo".

Ambas coinciden en destacar el clima creativo que respiraba todo el equipo durante las cuatro semanas de rodaje en esta localización, que se ha convertido en una experiencia única. Como agradecimiento a la colaboración de los artistas se ha creado una web www.caoticaanaarte.com, donde apreciar y disfrutar con más detalle la obra que aparece en el filme.